La lluvia caía lentamente aquella noche de primavera, mojando sus ropajes. Tristán había andado durante la mayor parte de la noche, y ahora estaba a las puertas de un pueblecillo, esperando a que alguien le permitiera el paso. No tendría que esperar, ya que podría derribar esa puertecilla de una patada, pero no quería llamar mucho la atención. Tras unos minutos, un señor se asomó por la puerta. Llevaba una lamparita para ver algo en la noche cerrada.
- ¿Qué quiere?
- Sólo necesito algún lugar donde pasar la noche y poder seguir mi camino mañana por la mañana- la voz grave de Tristán impresionó a ese anciano.
- ¿A dónde se dirige?
- Creo que eso es sólo asunto mío.
- Bueno, bueno, mi trabajo es preguntar, sólo preguntar, en realidad no me importa. En el centro del pueblo hay una posada, El caballo plateado. Allí le darán una habitación y un plato caliente de comida. No es muy lujoso, pero es lo único que tenemos aquí.
- Con eso bastará. Gracias.
Mientras Tristán se alejaba, el anciano le miraba atentamente. Le había sorprendido su porte y su vestimenta. Era bastante alto, musculoso y con facciones muy duras. Parecía que podía levantar un caballo sin hacer apenas esfuerzo. Iba completamente vestido de negro, menos la hebilla de su cinturón, que era plateada. Un sombrero coronaba su cabeza, pero dejaba ver el pelo negro, ahora, mojado por la lluvia. A la espalda llevaba un carcaj con flechas y un arco, y tenía colgada a la cintura una espada, cuya funda era negra con una serpiente de metal enroscada. Su caminar era rápido; el anciano no supo si era porque quería resguardarse o porque caminaba así usualmente.
Cuando llegó a aquella pequeña posada, un camarero con cara de bonachón y un gran bigote apuntó su nombre y le designó una habitación. La 12. Antes de que Tristán subiera, le preguntó que si quería algo de comer, pero él se negó, sólo quería subir a la habitación.
La estancia era pequeña y oscura. Tenía una sola ventana que daba al patio donde estaban los caballos. Había una cama, una mesa con una vela, un cubo con agua y un espejo. Tristán se deshizo de sus armas, se sentó, desenfundó la espada y comenzó a limpiarla. Aún tenía sangre, ya seca, de su última caza. Mojó un paño en el cubo de agua, y poco a poco, fue quitando la sangre seca. Tras esas manchas rojas, se ocultaba una espada plateada, de un brillo casi de espejo, donde se reflejaba un rostro. Unos ojos verdes, marcados por ojeras, le miraban desde el reflejo de la espada, observándole, juzgándole. Una nariz delgada, se movía al ritmo de una respiración pausada. Una boca, con labios carnosos, dejaba ver unos dientes blancos y afilados, formando parte de una mandíbula cuadrada, de aspecto rudo, con una barba incipiente. Ese rostro era él. Estuvo un rato contemplando ese reflejo, porque hacía tiempo que no se veía, y casi no se reconocía. Tiempo atrás, ese rostro pertenecía a un niño campesino, que vivía alegremente a las afueras de un pueblecito, pero todo eso cambió cuando la guardia del rey se lo llevó a la fuerza, alejándole de su familia y de todo lo que quería en esa vida. Allí, en un castillo usado por mercenarios, le encerraron cual animal. Le entrenaron en el manejo de la espada y del arco. Consiguió ser uno de los mejores luchadores del castillo, ganándose la confianza de sus adiestradores. Según pasaban los años, a Tristán le costaba cada vez más recordar los rostros de su familia, de sus amigos, hasta que se convirtieron en humo. No conocía a nadie más que a sus compañeros del adiestramiento, ni si quiera establecía relación con ellos. Se volvió una persona solitaria y muy callada, solo respondía a sus superiores.
domingo, 24 de mayo de 2009
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