Una sonrisa cálida, tu mirada llena de ternura, esas caricias cada vez que me notabas triste, las largas noches pasadas a tu lado... Todo, ha dejado de existir.
Aquella enfermedad fue la que paró todo en un momento. Te iba consumiendo cada vez más, tosías sin parar, tu corazón no bombeaba lo suficientemente rápido como para hacer una vida normal, hasta que se paró. No aguantó más tiempo. Y te fuiste. Las duras noches en el hospital a tu lado, vigilándote no sirvieron para nada. ¿Donde vas? ¿Estás huyendo? ¡No vayas donde no pueda seguirte!
Muchas horas pasé, preguntándome por qué te había tocado a ti morir tan pronto. Eras todo cariño y bondad, casi un ángel del cielo. No podía explicarme el por qué de tu marcha. Aún sigo sin saberlo...
Cuando te vi en aquella caja de madera, fría, pálida, con los ojos cerrados, muerta, esperaba que te levantaras dándome un susto y dejando que volviera a escuchar el sonido de tu risa, pero no lo hiciste. Te quedaste tumbada.
No lloré cuando te vi allí, ni en la misa en tu honor, ni en el camino al cementerio, ni cuando ibas descendiendo en tu cajita por aquel hoyo, ni cuando te cubrieron con arena, porque mi corazón ya no reaccionaba. No podía expresar sentimientos ni emociones si no estabas a mi lado. Estaba en estado de shock permanente.
Hay veces en las que todavía te siento a mi alrededor, intentando manifestarte de alguna manera.
Eras mi amada, mi eterna compañera, la princesita de mi cuento personal, mi vida, y deseo volver a encontrarme contigo cada segundo de mi mísera existencia, aunque morir sea la única solución.
miércoles, 7 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario